Clarín, Ultimas imágenes de las Islas

Diario Clarín 2 de abril de 2007

Clarín en Malvinas: últimas imágenes de las islas +Ver Artículo Original)
Dos enviados del diario, Eduardo Longoni y Eduardo Belgrano Rawson, viajaron al archipiélago para el 25 aniversario de la recuperación argentina. Aquí, un recorrido por las mejores fotos para recuperar su pasado y su presente.

LLEGADA. La bahía de Puerto Argentino fue uno de los primeros lugares que visitaron los enviados de Clarín. (Eduardo Longoni)

MISTERIO. Una zona de estancias, en Pradera del Ganso, camino a un descubrimiento especial. (Eduardo Longoni)

CASI INTACTO. Así descubrieron al Pucará que piloteaba el Mayor Carlos Tomba en una zona cercana a Pradera del Ganso. (Eduardo Longoni)

DERRIBADO. El avión fue atacado el 21 de mayo por una patrulla de Sea Harrier británicos. El piloto argentino salió ileso. (Eduardo Longoni)

EN DARWIN. Restos de mantas en una trinchera argentina. Allí se estableció la Compañía C del Regimiento 25. (Eduardo Longoni)

RESTOS. Una cocina de campaña en Wireless Ridge, escenario de una de las últimas batallas de Malvinas. (Eduardo Longoni)

SEÑALES. Una posición argentina en Wireless Ridge, escenario de la última batalla antes de la rendición en Malvinas. (Eduardo Longoni)

SANTUARIO. Posición argentina, en Monte Longdon, donde se produjo uno de los combates más sangrientos de la guerra. (Eduardo Longoni)

REPLICA. La misma trinchera, vista desde su interior, el 10 de febrero de 2007. (Eduardo Longoni)

TUMBELNDOWN. Cocinas de campaña del 5to Batallón de Infantería de Marina. (Eduardo Longoni)

OXIDADO. Los restos de un vehículo militar, en una de las posiciones argentinas de Monte Longdon. (Eduardo Longoni)

VAINAS. Balas de Fal en una posición argentina en Apple Pie, Wireless Ridge.(Eduardo Longoni)

POW. “Prisioner of war” o “prisionero de guerra”, en un galpón de esquila de ovejas en los que alojaron a más de 1000 argentinos. (Eduardo Longoni)

HISTORIA. La familia Lowe guarda el pullower que el conscripto argentino Miguel Savage les devolvió en 2005. Lo había sacado de su casa abandonada durante la guerra. (Eduardo Longoni)

ANONIMO. La placa que recuerda a uno de los tantos soldados argentinos que cayeron durante el conflicto, en el cementerio de Darwin. (Eduardo Longoni)

LÁGRIMAS. La lluvia empaña la vista en el cementerio de Darwin. (Eduardo Longoni)

 

La serie Malvinas, la guerra y la paz intenta mostrar la vida de los habitantes de las islas y los campos de batalla de 1982. En la ciudad, los kelpers tratan de olvidar la guerra y en los alrededores aparecen restos de lo que fueron las posiciones argentinas arrasadas por las tropas británicas en pocos días. Hay en Malvinas nostalgia, viento y tristeza. Fue el escenario de una guerra absurda, quizá la más absurda de las guerras».

Estas son palabras de Eduardo Longoni, el fotógrafo de Clarín que viajó al archipiélago en 2007, para el 25 aniversario de la recuperación de Malvinas. Fue acompañado por el escritor Eduardo Belgrano Rawson y –entre los dos- construyeron la primera entrega de un suplemento especial que editó Clarín para aquel 2 de abril.

A 27 años del comienzo de la contienda, el material fotográfico de Longoni es un testimonio único para recorrer la historia del archipiélago, su pasado y su presente.

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The Other Side: An Argentine Conscript

Sunday Herald / 25 th Anniversary April 2007

‘We were forced to make trips to Stanley to pilfer supplies we knew were there, but weren’t reaching us. When we became too weak to even do that we would spend most of the day sleeping in our dugouts’

The Other Side: An Argentine Conscript’s Story. By Andrew McLeod

MICHAEL SAVAGE considers himself a lucky man. Having survived the Falklands war physically unscathed, he is today happily married with a young family, living a peaceful life in the depths of the Argentine Pampas. But he has made his own luck, laying his ghosts to rest by reaching out to the people whose land he once occupied, and he has seen this friendship graciously accepted and returned.

Some of his friends have been less lucky. They, like Savage, would never have been a soldier by choice. He finds it hard to believe that a quarter of a century has gone by since he found himself huddled with hundreds of other Argentine conscripts aboard a transport aircraft heading for the Falkland Islands (or Malvinas, as they knew them). They had been told to prepare for war, but rumour had it that they would be based in Río Gallegos to cover for regular troops taking part in the invasion. The first Savage knew for sure that he was to go to war himself was when the conscripts were guided across the tarmac towards a huge Hercules C-130. «Yes, this is it, you are going,» they were told.

But wait, there’s more!

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El viejo pulóver que un soldado argentino devolvió a Malvinas

Diario Clarín. Artículo del 2 de abril de 2007

MALVINAS 25 AÑOS DESPUES : HISTORIAS DE LA GUERRA

El viejo pulóver que un soldado argentino devolvió a Malvinas

Miguel Savage fue a la guerra sin saber usar un arma. Quebrado por el frío, tomó un pulóver de una casa cuyos habitantes kelpers no estaban. El año pasado regresó, devolvió la prenda y dejó una carta.

AQUELLOS RECUERDOS. MIGUEL SAVAGE, EN SU CASA DE VENADO TUERTO, RODEADO DE FOTOS FAMILIARES, CUENTA SU EXPERIENCIA COMO SOLDADO EN MALVINAS.

Mauro Aguilar VENADO TUERTO ENVIADO ESPECIAL

rosario@clarin.com

La vida de Miguel Savage, clase 62, integrante del Regimiento 7 de Infantería Mecanizada de La Plata, se confundía con el infierno en junio de 1982. Estaba cruzado por el frío que atraviesa el otoño de Malvinas. Con la mirada enturbiada por el hambre capaz de diezmar su cuerpo hasta restarle veinte kilos en apenas dos meses de estadía en las islas, se recuerda en aquel tiempo como un «esqueleto con casco».

A punto de quebrarse, un pulóver, una sencilla prenda arrebatada de una estancia kelper, asegura, logró salvarle la vida, abstraerlo de aquel estado de abandono terminal . Savage, quien hoy habita una bucólica vivienda en Venado Tuerto, en el sur de Santa Fe, y tiene un comercio de materiales para el agro y la construcción, vivió aferrado a esa conmovedora historia y a ese abrigo durante 24 años.

En febrero de 2006 decidió regresarlo a sus dueños, en una más de las postales estremecedoras que ofrece la vida de Savage, protagonista de una película pacifista emitida sólo en Europa —» Con la mano de Dios», en referencia al gol de Diego Maradona en México 86—, amigo entrañable del pintor kelper James Peck y de su padre Terry, contra el que combatió en la cruenta batalla de Monte Longdon, y acérrimo crítico de una aventura bélica que, considera, «nunca debió ocurrir».

Su relato desgarra. El 8 de junio, con un Ejército argentino cercado por el poderío inglés, Savage, junto a cuatro compañeros y un suboficial, iniciaron una caminata hacia una granja cercana al río Murrell. La misión perseguía el objetivo de desactivar una posible base de operaciones por la vía pacífica y, de no ser posible, combatir hasta reducir al enemigo. Soportando fríos extremos, atravesaron una ría y sortearon campos minados. Zafaron incluso del fuego del enemigo, que observaba desde lo alto, pero que optó por no atacar para no delatar su posición.

«Arrancamos apenas aclaró, bien temprano. Debe haber sido el día más frío de Malvinas, con veinte grados bajo cero. Con veinte kilos menos y desesperados, nuestra mente divagaba. No teníamos conciencia del peligro. Ibamos con un compañero que tenía un planito donde habían puesto las minas. Y a cada rato se rascaba la cabeza y decía: ‘no me acuerdo si era por acá o por acá’. Fue una caminata extenuante. Habremos tardado más de cinco horas», reproduce con precisión cinematográfica.

Su inclusión en el grupo, no sabiendo ni siquiera manejar un arma, tenía un solo objetivo: oficiar de traductor a partir de su manejo del inglés.

«Llegamos a la casa y los seis nos tiramos cuerpo a tierra, a mirar con largavista. El miedo era terrible. Había ventanitas en la casa y dijimos: ‘Se rompe una y nos sacuden con una ametralladora’. Sabíamos que había peligro. Ingleses o kelpers que nos podían tirar. Pero era más la desesperación de pensar qué podíamos afanar de comida dentro de la casa, que el miedo. Ese hambre enceguece», explica con tono desolador. «Nos estábamos muriendo. Literalmente nos estábamos muriendo», insiste para darle la dimensión exacta a aquel momento límite.

Esa necesidad lo obligaba a pensar sólo en lo básico, sin registrar incluso la estatura del peligro que los acechaba. Sólo era cuestión de saciar un instinto básico. «Si morimos, morimos, pero primero tenemos que comer», se repetían los integrantes de la misión como intentando darse fuerza entre sí para superar cualquier obstáculo.

Luego de una primera inspección de sus compañeros en los alrededores de la granja, el sargento ordenó a Savage que lo acompañara al interior de la vivienda. Patearon la puerta de la cocina y el soldado irrumpió en la casa gritando en inglés: «Si hay alguien venimos a charlar, no se pongan nerviosos, queremos revisar e irnos». Sus palabras sonaban casi a un ruego para que nadie los atacara.

Al ingresar encontró silencio y un desayuno a medio tomar. «La casa era linda, la sentí acogedora, como la casa de mi abuela. Hasta los olores eran familiares», precisa como si describiera una postal que no se altera con el paso de los años. Subió una escalera con el miedo y la adrenalina apoderándose de su cuerpo. «El corazón me reventaba el pecho. No me paraba de temblar el cuerpo. Me dieron un FAL cargado, pero no sabía ni tirar», explica Savage, a quien el servicio militar sólo había preparado para barrer y cebarle mates a Don Aldo, un jubilado ferroviario encargado del polígono, en La Plata. «Mi preparación era comprarle bofe al gato de Don Aldo», explicaría luego a Clarín entre risas.

Tras comprobar que no había ocupantes en la planta baja de la vivienda, dividió las tareas con su superior. Recorrieron un pasillo en el piso superior y Savage ingresó en el cuarto matrimonial. Lo sorprendió una cama doble perfecta, una dependencia con cortinas y una decoración cuidada que compara con una hostería o una estancia de campo.

Al confirmar que el lugar estaba deshabitado, se relajó. Automáticamente afloró en él un espíritu de supervivencia. Tras abrir «ansiosamente» los cajones, dio con el pulóver salvador. Y cambió su óptica sobre los padecimientos que sufría. «Era un pulóver inglés lindísimo, con borda azul y cruz. Me lo puse en la nariz y sentí el olor a limpio, a perfume, a naftalina. Y dije: ‘Qué lindo, esto es como estar de vuelta en casa’. Me saqué la ropa mojada y me puse ese pulóver y una bufanda, y un gorro, y medias de lana. Ese momento fue mágico», explica emocionado.

El relato no tiene pausas: «Me invadió una sensación de paz, como si estuviera Dios ahí. En ese momento y como un alma que me hablaba, aunque no escuchaba la voz, sentí como que alguien estaba ahí y me decía ‘quedate tranquilo, ya termina esto, te volvés y vas a vivir’. Una sensación increíble. Una enorme sensación de paz, un calor en el cuerpo».

Aquel hallazgo modificó su humor. «Me sentí más fuerte», precisa. Robó comida y se alimentó con desesperación. «Comí tres panes de manteca sola, al hilo, como un perro», añade para dar una idea de la desesperación que atravesaba a aquel grupo de soldados. Del lugar se llevó además cajas de avena, fósforos, velas y azúcar.

Pero no fue lo único que tomó de allí. «Mirá lo que es la mente humana: agarré fotos. Diecinueve años, en ese estado —vuelve a asombrarse—. Yo había sentido esa experiencia trascendental del pulóver y manoteé fotos de la familia. Dije: ‘A este lugar voy a volver algún día y con esta gente voy a hablar’. Desde el instante que entré a la casa tenía esa idea de hacer contacto».

Ese momento llegó en febrero de 2006. Luego de un primer encuentro con Sharon Mulkenbuhr, hija del matrimonio que habitaba la estancia Murrell, en febrero del año pasado visitó el lugar con la intención de cerrar ese capítulo de su historia.

«Cuando iba llegando, el corazón se me salía del pecho. Revivía escenas de aquel día llegando con veinte kilos menos, con el uniforme, con el sargento, con mis compañeros. Se me mezclaba el pasado con el presente», explica compenetrado con el relato.

En la estancia lo recibió Lisa, hermana de Sharon. El pulóver, que por consejo de un amigo se suspendía enmarcado en una pared de su casa, en Venado Tuerto, volvió entonces a manos de sus antiguos dueños junto a una nota de puño y letra en la que Miguel expresaba su agradecimiento. Con lágrimas en los ojos, Lisa reconoció el abrigo de su padre, ya fallecido. «Acá, en esta casa, sentí que alguien me protegió. Y venía a decírselos, veinticuatro años después», le dijo a la muchacha sollozando, mientras se desprendía del preciado objeto.

«Esa casa fue como un salvavidas en el océano para mí. Esa casa y ese pulóver me salvaron la vida», remata con sencillez desgarradora Miguel, ataviado ahora con una remera oscura de algodón, en una cálida tarde de marzo. Lejos del frío, del hambre y de la muerte. Lejos de los horrores de la guerra que cada tanto se adivinan detrás de su mirada cristalina.

MAuro Aguilar

Una carta de agradecimiento

El pulóver descansó en un cuadro hasta el momento de su devolución acompañado por una carta en la que Savage expresaba sus sentimientos sobre aquella experiencia. El texto que entregó junto al abrigo es éste:

«Este pulóver me dio abrigo en un momento de tremenda exposición. La temperatura era de -20 C. Estaba mojado y ya había perdido 17 kilos (pesaba 55 kilos). Lo tomé «prestado» de una estancia en las Malvinas, a cinco horas de caminata desde nuestra posición, cerca de Monte Longdon, habiendo cruzado el río Murrell. Llegamos hasta allí con seis soldados integrantes de un operativo. Yo iba como intérprete. El objetivo era destruir un equipo de radio que transmitía a la flota inglesa.

Afortunadamente no había nadie y pudimos revisar, aunque muy nerviosos, todo el lugar. El sitio era lindísimo, con vista a ondulaciones y entradas del mar. Pensé en lo pacífico del lugar y en lo absurdo de esta guerra. Lo sentí realmente familiar y fue como revisar la cómoda de mi abuela.

También lo usé (estando) como prisionero a bordo del Camberra, tomando el té con la plana mayor de oficiales de la Task Force, que junto con todos los medios británicos me ‘sometieron’ a una verdadera conferencia de prensa, asombrados como dicen en muchos libros de cómo habíamos logrado sobrevivir a semejante rigor climático sin suficiente alimento.

Pensé devolverlo a sus dueños, en mi primer visita a las islas, pero un amigo me convenció de que no lo hiciera. ‘Este pulóver forma más parte de tu historia que la de ellos’, me decía.

En el momento de ponérmelo sentí una enorme paz. Sentí una energía especial, como que alguien de esa casa me decía que volvería con vida, que volvería a casa y que esta guerra que nunca debió ocurrir se estaba terminando».

La guerra en 10 datos

El desembarco de fuerzas argentinas en Malvinas se produjo el 2 de abril de 1982.

La fuerza terrestre, el Ejército, dispuso de 10.001 hombres.

El Ejército británico utilizó desde la salida de sus tropas hasta el fin de la guerra a 10.700 efectivos.

El mayor desembarco de soldados ingleses se produjo en la Bahía San Carlos.

Los principales enfrentamientos por tierra se registraron en las cercanías de Puerto Argentino y en la zona de Darwin.

Los combates más sangrientos por el mayor intercambio de fuego se desarrollaron en la zona de Monte Longdon.

Las bajas de cada bando en sus ejércitos (sin contar Armada y Fuerza Aérea) fueron 195 argentinos y 149 británicos.

En toda la guerra hubo, además de los muertos, 1.188 heridos argentinos y 777 heridos británicos.

Las fuerzas inglesas fueron superiores en pertrechos, armamentos y asistencia logística a sus soldados.

La guerra terminó el 14 de junio con la rendición del gobernador argentino Mario Benjamín Menéndez.

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La Casa de John

Diario Clarín 2 de abril de 2007

MALVINAS HOY: LA GUERRA Y LA PAZ
La casa de John

Un día, John estaba con su hija en la vereda, mirando a los argentinos que marchaban a los montes, cuando ella le preguntó: «¿Son hombres malos?» «No», dijo John. «Son hombres atrapados en una mala situación». Es lo que John Fowler pensaba entonces y todavía sostiene. Estaban todos compartiendo una situación triste e innecesaria.

Con el correr de las horas, sucedió algo extraño. Los soldados se perdieron de vista. Puede que ya estuvieran en las afueras, ocupando sus posiciones. Por eso las calles lucían desiertas. «¿Qué pasó?», pensaban los residentes. Una legión de soldados que deambulaban con sus equipos pesados, de pronto desaparecieron del pueblo.

El tiempo seguía firme, no tan bueno, quizá, como la primera semana de abril, que había sido grandioso. La broma del día era: «Como Dios es argentino ahora sólo tendremos buen tiempo». Los isleños habían recibido instrucciones de quedarse adentro, pero muchos salían al patio a comerse un asadito.

La mañana del desembarco, por la casa de John, habían pasado los buzos tácticos arreando a un grupo de prisioneros. Eran los volunteer corps, que calzaban sus antiguos uniformes de rezago, portando efectos y armas en una bandera británica. Al lado de las tropas argentinas, lucían como una hinchada menesterosa que venía de perder el campeonato. John no se atrevió a sacar una foto, cosa que todavía lamenta, pues hubiera sido un adecuado recuerdo de aquel otoño apacible, cuando parecía que todo iba a arreglarse, que alguien terminaría diciendo corten con esta locura.

La invasión los había dejado mudos, porque estaba fuera de todo cálculo. Si a algo le temían los malvineros era al gobierno británico, que parecía resuelto a entregarlos a la Argentina. Durante los últimos tiempos, no habían parado de preguntarse por su destino. De ahí que la reunión con Rex Hunt los tomara desprevenidos. El gobernador había convocado a los funcionarios y John asistió en su carácter de director escolar. Al gobernador le habían avisado de Londres que se venía un desembarco argentino. Eso fue cuanto dijo. Al día siguiente salió agitando una cortina de rendición, enganchada en la punta del paraguas.

Dentro de todo, reconoce ahora John Fowler, refiriéndose al desembarco, el trato a los civiles fue bueno. Un jefe de policía argentino-irlandés que empezó a matonear a los malvineros, fue despachado al continente. En cuanto a los casos de robo, se trató de incursiones a casas abandonadas de soldados que buscaban provisiones o asaltaban un gallinero. Por su parte, los malvineros se compadecieron más de una vez de los argentinos que pedían comida por las casas. Los sabotajes nunca fueron sanguinarios. Cada tanto aparecía una línea telefónica cortada o algún recluta aterrado por las fábulas de los gurkas. Un especialista en el género era un tal Eric. «¿Sabes cómo descubre uno si hay gurkas?», dicen que preguntaba. «Si al despertarte sacudes la cabeza y ésta rueda por el suelo, es que anduvieron los gurkas». Pero en Darwin como en Goose Green, las relaciones con los argentinos fueron muy tormentosas.

Todo abril fue tranquilo. Por momentos parecía un desembarco de Peter Sellers. Hubo corralito bancario, pero también se fijaron compensaciones por cada gallina abatida o ventana destrozada. Si alguien deseaba salir de la casa debía colgar un pañuelo blanco, así fuera para orinar en el bañito del patio. La radio argentina informó que a partir de entonces, todo el mundo manejaría por la derecha. Sin embargo, el farero local se las arreglaba para transmitir por radio a Inglaterra lo que le daba la gana. Mientras tanto, en las narices del gobernador argentino, los ovejeros hacían caravanas nocturnas con sus tractores y camionetas, transportando el material de los paracaidistas británicos.

El primero de mayo ya estaban ahí. Fue a la mañana temprano. Los Fowler tenían un bebito de días y John estaba en el living, intentando avivar el fuego, cuando sintió que explotaba la estufa. Era un Vulcan llegado desde Ascensión que bombardeaba el aeropuerto. La onda entró por la chimenea y lo tiró en la alfombra. Más tarde pasaron algunos jeeps con soldados malheridos, mientras brotaban columnas de humo rumbo al aeropuerto. Entonces empezaron a perder las esperanzas. Con este ataque aéreo y el hundimiento del Belgrano, era visible que había pasado la hora de las palabras.

Luego del toque de queda los Fowler debían quedarse en casa con las ventanas cubiertas, desde el crepúsculo hasta la mañana siguiente. Pronto recibirían algunos huéspedes, cuando los Harrier empezaron a atacar el otro lado del pueblo y la zona se volvió peligrosa. La casa de John pertenecía al gobierno y era sólida y espaciosa. Estaba considerada como una casa segura.

Entre los refugiados llegó Mary Goodwin, una típica anciana del campo, muy popular entre los científicos que recalaban en las Malvinas camino a la Antártida y paraban en su hostería. Para John fue una gran noticia, pues horneaba pan a diario, cocinaba de primera y siempre estaba contando alguna historia increíble. Junto con Mary llegó su hijo, un ex marinero al que le faltaba una pierna.

Otra refugiada fue Doreen Bonner, la mujer más dulce del mundo, que había consagrado su vida a cuidar de su hija discapacitada. Cheryl estaba en la cama desde que tenían memoria, no podía comer por sí sola y tampoco decía palabra. Solamente sonreía, sobre todo a su mamá. A los dieciocho parecía una nena de cuatro.

También llegó Susan Whitley, profesora de arte y economía doméstica, la esposa de su amigo Steve. En pocas semanas más, las tres estarían muertas. En cierto modo, diría John, el destino de Susan estuvo signado por su rabia frente a la guerra, pues cuando todo el mundo estaba lanzándose cuerpo a tierra, ella decía «No pienso tirarme al suelo». En otras oportunidades había dicho cosas así y bueno, aún estaba de pie cuando la derribó la explosión. Tenía veintisiete años.

Pero durante las primeras semanas de aquel otoño templado, nadie nombraba a la muerte. El mundo de John se había reducido a su hogar y al trayecto que mediaba entre la casa y lo de un amigo, propietario de una de las tres videocaseteras que había en Stanley. John tenía consigo la video del colegio, así que el paseo con Rachel para buscar alguna película, se convirtió en la salida obligada. Generalmente volvían rápido, pues John tenía el presentimiento de que algo sucedería en su ausencia.

En mayo pasó algo horrible. Estaba jugando con Rachel en el jardín cuando un avión de combate surgió de los montes, volando a baja velocidad, meciendo tristemente las alas, tan cerca de tierra que se veía al piloto. Las tropas de una colina cercana empezaron a tirarle. A juzgar por la balacera, parecía un aparato británico. Es fácil imaginar la desesperación del piloto al verse en aquel infierno, hasta que un cohete lo hizo saltar en pedazos. John no podía creerlo. Ahí, desde el patio de su casa, asistían al espectáculo de un grupo de seres humanos que cazaban a otro como una rata. Rachel, que sólo tenía tres años, entró a la casa despavorida. A partir de entonces cambió. Aquella nena segura y alegre se volvió introvertida y asustadiza. Probablemente sus depresiones futuras tendrían mucho que ver con su experiencia de aquella tarde.

John se había quedado con dudas sobre la identidad del avión, así que pasó por la escuela para buscar en la biblioteca un libro de aviones del mundo. Descubrió que se trataba de un Mirage argentino, derribado por error. Luego leyó en la gaceta argentina que conminaban a identificar bien los aviones.

La noche del cañonazo, John estaba con los niños en el refugio. Se enfureció al descubrir que Verónica no estaba con ellos. Su mujer detestaba el bunker, siempre oscuro y hostil.

Lo próximo que escuchó fue la voz de su mujer, gritando que había un incendio. Sintió que Steve le decía «mujer estúpida, no es un incendio». John saltó de alegría. Ambos se habían salvado. Pero entonces llegó Verónica a decirle que Doreen estaba mal. Cuando John entró al dormitorio, aún yacía en el suelo. Lo primero que distinguió fueron sus lentes cubiertos de polvo, una imagen que lo seguirá mientras viva. John presintió que Doreen estaba muerta; de lo contrario, no se hubiera quedado tan quieta con los anteojos así. Hay otros detalles que John no piensa contar, que van a quedar con él mientras viva. Steve le pidió que lo ayudara a levantar a Susan mientras clamaba por un espejito, pero era obvio que su esposa ya tampoco respiraba. Mientras tanto Mary estaba a los gritos, malherida y en estado de shock, preguntando si su hijo había sobrevivido al cañonazo.

Fue la penúltima noche de guerra. Sucedió de madrugada. Poco antes habían tenido un aviso. Un proyectil cayó en el jardín, pero John ni se enteró pues estaba durmiendo en el bunker que había armado en el comedor. Todavía tiene muy claro lo que pasó aquella noche. Cuando Steve fue a contarle lo sucedido, John decidió levantarse y se reunieron en la cocina con los demás, a tomar una taza de té. La cocina daba hacia el mar, de modo que John la consideraba un lugar peligroso. Habían pasado muchas noches oyendo los cañonazos que volaban sobre la casa, así que logró convencer a sus huéspedes de que se movieran al centro. La artillería empezaba a las once. Al amparo de las sombras, los barcos se acercaban sigilosamente a la costa, sin la amenaza de los aviones. Se oía un ¡pop! desde el mar y luego llegaba un silbido y a continuación el chasquido lejano del impacto. A la artillería de la flota británica le decían picasesos.

El impacto fue sobre el techo. Más bien explotó en el aire. John había vuelto a su bunker a dar un vistazo a los niños. Los demás estaban con Mary. El proyectil se anunció con un sórdido zumbido, como si su destino estuviera cantado y jamás terminara de llegar. Doreen se abrazó a Verónica Fowler, temblando como una hoja. Luego retumbó el estallido y la casa quedó a oscuras. Hubo un ruido a lluvia metálica, como un chaparrón de verano. Era el tanque de agua. Cuando se disipó la nube de polvo, Doreen seguía abrazada a Verónica. Ésta le preguntó cómo estaba. Doreen no dijo palabra. Una esquirla le había rebanado la columna.

Sue, por su parte, murió con la taza en la mano. Estaba en la puerta mirando hacia la cocina y recibió de lleno la onda expansiva. Mary murió dos días después, del estrés y las heridas.

Si cada uno hubiera permanecido en su habitación, las cosas habrían sido distintas. Pero se habían refugiado en el cuarto de Mary, culpa del proyectil que había dado contra el jardín. Primero se habían quedado un rato en la cocina comentando el episodio, hasta que John se puso nervioso y los conminó a pasar al cuarto de Mary, supuestamente el más seguro. John se la pasaba estudiando los ángulos de disparo y la ubicación de los cuartos. Esta obsesión molestaba a Verónica, porque su esposo apilaba panes de turba y cajas con libros contra las ventanas, lo cual convertía la casa en algo caluroso y oscuro.

Verónica ligó unos cuantos astillazos, pero mantuvo la calma a pesar de todo. Aquella misma noche fueron al hospital, donde a John le sacaron las esquirlas de la pierna. Acomodaron a los niños en la sala de partos y se instalaron con su mujer en un cuarto. Llevaban un rato acostados cuando John le sugirió que se metieran debajo, así que se pasaron dos noches durmiendo bajo la cama. Luego llegó otra pareja. El esposo era un marine jubilado y la pasaba muy mal. A cada disparo pegaba un brinco y gritaba «¿Qué pasó? ¿Fue de nosotros? ¿De dónde vino?» En cuanto a John, aquella sala desprotegida removió todos sus miedos. Otra vez empezó a amontonar cosas en las ventanas y a pegar cintas sobre los vidrios.

Dejaron pronto el hospital, pues Verónica había encontrado una casa desocupada. En un rincón del jardín había un artefacto que no llamó su atención. Rachel tampoco le hizo caso mientras jugaba. Un día vino un amigo con un cachorro que la olió con displicencia. Entonces a John se le ocurrió preguntarle
a un soldado que pasaba: «¿Usted sabe qué es eso?» El soldado miró la cosa y se puso pálido. «Salgamos ya mismo de aquí» le dijo tomándolo por el brazo. Era una bomba beluga, de las que llueven como racimos, sensibles a la luz y al calor, siempre listas a reventar. Vino gente a retirarla y debieron dejar su nueva vivienda. Cayeron al hospital otra vez y entonces Verónica perdió la compostura, como si el vaso se hubiera colmado, gritando que estaba harta de todo y en especial de la guerra. Fue una catarsis maravillosa, porque luego andaba hecha una seda.

El estruendo de aquel cañonazo persiguió a John varios años. Una noche tuvo un sueño muy vívido. Soñó que la historia se repetía, sólo que ahora dormían junto a enormes ventanales que él no había alcanzado a tapar. De pronto, desde el océano, llegaba el escalofriante zumbido. Entonces se aferraba a la cama a esperar el Apocalipsis, todo por culpa suya, por haber descuidado las ventanas. Al despertar estaba empapado.

Tal vez lo soñó en Inglaterra. Habían regresado ahí dos años después de la guerra. John quería compartir con sus viejos el tiempo que les quedaba. Su madre, en cierto modo, había sido otra víctima de la explosión. La radio argentina había dicho que él murió en el ataque y que su esposa quedó malherida. Esa noticia llegó a Inglaterra y sus padres la habían pasado mal. De hecho, su madre murió poco después de su vuelta.

La partida de las Malvinas no había sido sencilla. John ya iba por los cuarenta y odiaba la idea de jubilarse en su tediosa oficina. Así que volvieron a Gran Bretaña y luego pasaron dos años en el Pacífico, trabajando de maestros en las islas Gilbert. Más adelante compraron un hotelito en Escocia. John disfrutaba esa vida, pero a Verónica se le hacía difícil porque su madre tenía Alzheimer y estaba viviendo con ellos. Era duro repartirse entre el hotel y su madre. Ella no dormía de noche y podían escucharla revolviendo papeles y buscando cosas. De pronto se les aparecía en la pieza para avisarles que eran las cuatro de la mañana y ofrecerles una taza de té. Un buen día se presentó la oportunidad de volver a las Malvinas para seguir enseñando. Los chicos estaban entusiasmados, pues apenas tenían memoria de su vida en Sudamérica.

La aventura del hotel escocés fue uno de los tantos sueños románticos amasados por los Fowler. A la gente de aquella islita no pareció molestarle que el forastero fuera un inglés. Venía de las Malvinas y entre isleños se entendían. Además, su esposa era también escocesa, hija de inglés e irlandesa. A los niños les vino bien, pues la educación primaria en Escocia es superior a la inglesa.

Fueron años dichosos de trabajo duro. Habían tomado de chef a la antigua dueña, hasta que Verónica empezó a cocinar y John se convirtió en su ayudante y al final terminó como cocinero y ella tomó las riendas de la clientela.

John y Verónica han pasado años en las Malvinas. No son ingleses ni escoceses del todo. Son inmigrantes. Lo mejor, les parece hoy, sería pasar los veranos acá y los inviernos al otro lado del mundo. Aunque ahora están separados, compraron una casita en Portugal, cerca de la frontera con Vigo, un perfecto paraíso que siempre abandonan para volver a sus islas. Añoran eso de saludarse con todo el mundo y juntarse con los amigos a tomar un vinito chileno. John extraña también sus excursiones a Buenos Aires, para ver todo el teatro posible y perderse entre la multitud de Florida.

Cuando estaba en el internado le gustaba agarrar la moto y salir en busca de truchas o gansos para el almuerzo. El ganso es delicioso si uno sabe prepararlo, a horno lento y con salsa de manzanas. Ni siquiera debía limpiarlos, porque siempre había una nube de niños dispuestos a hacerse cargo. Con las truchas era lo mismo. Para alguien como John, era una experiencia mágica con algo de primitivo, eso de salir de cacería y volver con comida para todos.

El internado en Goose Green parecía salido de una
novela de Dickens, sin hablar del director, que mantenía a rajatabla el derecho de los alumnos mayores a fajar a los pequeñitos. Para los Fowler, la sola idea de convivir con el monstruo se había vuelto intolerable, así que plantearon sus exigencias: se iba él o se iban ellos. El siniestro director terminó con el semestre. El internado resultaría destruido en la batalla de Goose Green. Todavía está el tobogán de hierro donde los argentinos pusieron la cohetera de un Pucará. Los
pupilos eran hijos de granjeros, cuando la mitad de la gente vivía en el campo. Los Fowler habían caído ahí por casualidad. Con su esposa andaban buscando trabajo, tal vez en Uganda o en Kenia, cuando vieron un aviso donde pedían una pareja para trabajar de maestros en un internado de las Malvinas.

Los Fowler ya llevan cinco años sin volver a Inglaterra. Verónica sigue enseñando literatura en el colegio. La casa aún existe. John volvió a verla hace poco, a instancias de un periodista. Le costó entrar otra vez, pero eso ahuyentó sus fantasmas. La señora que vive ahí cuida niños y hay juguetes por todas partes.

Volviendo a la noche del cañonazo. John nunca llegó a imaginarse que la muerte vendría del cielo. Había estado esperando más bien una suerte de combate callejero. Pero esto no sucedió. En cambio le reventaron el techo. Los minutos que siguieron al estallido fueron aún más difíciles, porque todos esperaban que siguiera el bombardeo. John no cesaba de repetirse «qué estúpidos, por qué nos quedamos». Hasta la llegada de los ingleses aún había sido posible salir de la isla. Muchos decidieron partir, lo cual sonaba muy razonable. Pero los Fowler esperaban un bebé e ignoraban además si luego podrían volver. Amaban este lugar. Tenían tantos amigos que marcharse sonaba a traición. Pero eso pasa a segundo plano cuando has recibido un cañonazo en el tanque de agua. Y si no resultó mucho peor fue gracias al profesionalismo del hombre que estaba en la otra costa reglando el fuego de artillería. Cuando vio que algo andaba mal, ordenó detener la acción.

Era el capitán Hugh McManners, infiltrado en las líneas argentinas. Se pasaba el día tirado en la paja brava, sin moverse en lo más mínimo. De noche se apostaba en un pozo a dirigir el fuego naval. Contaba con una buena vista del pueblo. A través de los binoculares nocturnos, se divisaba la casa de John. Más allá se adivinaba la silueta de Monte Longdon.

Hace poco volvió a las islas. Hizo contacto con John y fueron a comer al Malvinas House. Lucía muy perturbado y aún luchaba con sus fantasmas. A juicio de John, no es más culpable que la computadora que provocó el desastre. Otros dicen, sin embargo, que el barco no había tirado sobre los montes sino contra una casa vecina con soldados argentinos. Por eso algunos lo llaman El Carnicero. Mc Manners no se ha quejado. Proclama a los cuatro vientos que él mató a esas mujeres. John piensa, por el contrario, que merece una medalla. Que de no detener el fuego, todos estarían muertos.

A pesar de todo, John recuerda esos días con añoranza. Su mundo se había reducido al mínimo. Uno podía pasar la noche entre extraños que lo cuidaban. Mucha gente se había marchado y sus casas habían cambiado de manos. De pronto alguien llegaba diciendo «en el congelador tengo patos» o «encontré estas truchas divinas», así que comían de lo mejor. La guerra estableció fuertes vínculos entre personas que antes apenas se saludaban.

Entre disparo y disparo, en la oscuridad de la casa, sus ocupantes charlaban a media voz sobre el curso de la guerra. «Nuestras tropas están avanzando, qué bueno» ¿Qué bueno? Ahora se acercaba lo peor y John hubiera querido hallarse lejos. Estar del lado enemigo, cuando la propia tropa se viene encima, podía ser el infierno. La invasión los había asustado menos que la posible liberación.

Fue extraño también estar del lado argentino y ver a los conscriptos hambreados y sentir simpatía por ellos. Eran sentimientos confusos.

Dos días después del ataque a la casa, volvió a reinar el silencio. Pero pronto tenían a todos congregados en Stanley, británicos y argentinos. Los servicios colapsaron. Los Fowler, con un bebé de dos meses, la pasaban peor todavía. La ciudad era una inmundicia y tampoco ayudaba el clima. Todo estaba cubierto de hielo y de nieve congelada. Era peligroso andar por la calle y los vehículos derrapaban por pendientes resbalosas. Es lo que John recuerda del último día de guerra.

Mezclados con los ingleses, el jefe de las fuerzas terrestres platicaba con el almirante. Este último le preguntó si no tenía temor de encontrarse en el paso de aquella turba de sudamericanos armados que bajaban de los montes con cara de pocos amigos. «Ni lo pienses» dijo el comandante. «Cuando un ejército se rinde, sus hombres quedan con la moral por el suelo». El almirante le mostró un cuerpo de infantería que marchaba marcialmente, como si fuera a un desfile. A su juicio, no parecían desmoralizados en absoluto. Sin embargo, nadie intentó asesinarlos. Los ingleses tampoco asesinaron a nadie. En un rapto de lucidez, el mando británico sólo dejó en Puerto Argentino a tropas que no hubieran entrado en combate. Eso evitó la venganza. Pero en Monte Longdon, en cambio, hubo ejecuciones de prisioneros.

Los Fowler volvieron a las Malvinas a diez años del desembarco y compraron una casita con vista al mar. Un día John se estaba afeitando cuando vio algo por el espejo. Noventa barcos asiáticos permanecían fondeados, a la espera de sus licencias de pesca. Sus altavoces propagaban órdenes en coreano y de noche ponían luces tan fuertes que se podía leer afuera. Las tripulaciones asiáticas hoy pertenecen al mundo abominable que circunda las Malvinas. Hay que estar desesperado para trabajar a bordo de aquellos barcos que van hacia el Sur detrás de los calamares y sobrepasan incluso Los Cuarenta Bramadores. A bordo puede ocurrir cualquier cosa. Entonces cobra más vigencia que nunca el viejo dicho: «Debajo de los Cuarenta no hay ley. Debajo de los Cincuenta no hay Dios».

Una vez desembarcaron a un chino acusado de haber matado a otro tripulante, pero como no había testigos ni podían deportarlo, se quedó a vivir en las Malvinas. Empezó a trabajar como sastre y luego pavimentando las calles y se cansó de ganar plata. Todo el mundo le decía Tommy the Murder. Se lo veía feliz, eso que no tenía papeles ni identidad, pues para un tripulante asiático es preferible ser nadie antes que volver a bordo. Un día, Tommy volvió a China y hoy vive como un magnate. No sería difícil, dicen algunos, que también haya estado en la droga. Cuando escucha estos rumores, Sue Becket resopla despreciativa. Es una empleada de Falkland Island que cobijó al chino en su casa, así que debe saber lo que dice. «Tommy era un chico abusado que no hizo nada de lo que dicen. Pero este pueblo es un infierno de chismes».

El barco se llamaba Avenger. Fue el que mató a las mujeres. Como todas las noches, había estado batiendo Monte Longdon, una de las posiciones que rodeaban a Stanley. Al amanecer empezó a retirarse, junto con el Glamorgan, que había estado tirando sobre Tumbledown. Entonces, desde la costa, llegó el último Exocet. Los argentinos, con un acoplado viejo, habían improvisado una rampa de lanzamiento ITB (Instalación de Tiro Berreta). Estaba sobre el camino que iba al aeropuerto. Lo armaban al caer la tarde y esperaban toda la noche por si algún buque pasaba ante la línea de tiro. Con las primeras luces
lo desarmaban y lo cubrían con lonas, para que los malvineros no revelaran su posición. Así lo hicieron sin resultado a lo largo de muchas noches, hasta que la madrugada en cuestión, los buques en retirada cruzaron la línea de riesgo. El Avenger logró eludirlo, pero el misil le pegó al Glamorgan, matando a catorce tripulantes. Entre los cuerpos que horas después recibieron sepultura en el mar estaba el teniente David Tinker, de años, crítico implacable de la sanguinaria respuesta británica, que había solicitado la baja mucho antes de la guerra y, sin embargo, se había visto forzado a marchar a las Malvinas. A su padre sólo le quedó el consuelo de publicar un libro con sus poemas.

Al otro día terminó la guerra. Por la noche empezó el invierno. Los barcos mostraban las huellas del duro castigo de los aviones. En las islas seguía nevando. Un huracán proveniente del Polo soplaba a doscientos kilómetros por hora. La sensación térmica llegó a veinte grados bajo cero. El jefe de la flota británica dijo que, comparado con eso, el invierno helado de Escocia equivalía a Hawai en primavera.

John supone que, desde entonces, el clima no ha mejorado. En su época del internado en Goose Green, los días eran más secos y no se vivía bajo un perpetuo cielo grisáceo y era lindo pasear por parajes como las tierras altas de Escocia. Este verano, por el contrario, ha sido uno de los peores que se recuerden y el viento sobre los viejos campos de guerra sopló con más furia que nunca.

Hace poco, John estuvo con uno de los soldados que andaban robando comida. Se trataba de Miguel Savage, que hoy vive en Venado Tuerto. Una noche, junto con seis argentinos, había bajado de Longdon. Luego de cruzar el río Murrell, llegaron a una granja vacía. Revolvieron el lugar y Miguel se llevó un pulóver. Sintió pena por sus dueños, pues la casa olía igual que la suya y él ardía en deseos de quedarse. Pensó en la paz del lugar y en lo insensato de todo. Cuando John lo conoció, muchos años más tarde, Miguel había vuelto a las islas para devolver el pulóver.

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The Scotsman´s article 20th anniversary – April 2002

‘You never get over it, but I have a double problem. I was fighting against Brits, people who were as good as family’

By Sophie Arie

In their peaceful home in the depths of the Argentine pampas, Michael Savage and his family eat mint sauce with their lamb and then tuck into apple crumble for dessert. Their home is uncannily British, right down to the tea cosy. Only the barebacked horses roaming freely in the garden remind you this is Argentina.
Two shaggy-haired Highland cattle stare down from a painting above the mantelpiece. And on one wall there is a photo of Savage’s grandmother – whose British parents emigrated to Argentina when it was a land of hope and prosperity early last century – posing proudly in a kilt and beret.

But wait, there’s more!

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Cuando el arte hermana y cura

Blog: http://www.innatia.com/s/c-superacion-personal/a-arte-hermana-cura.html

HISTORIAS DE SUPERACIÓN PERSONAL

CUANDO EL ARTE HERMANA Y CURA

por Marcela Carletta

James Peck representa la cuarta generación de malvinenses en su familia. En sus obras plasma la soledad del terruño pero también la angustia de los seres humanos. Al pintar sobre la guerra liberó sus propios fantasmas.

Como todo artista, James Peck prefiere expresarse con sus obras. Se confiesa retraído y asocia esa condición con la características de su tierra, las Islas Malvinas. Desde hace cuatro generaciones, los Peck habitan las Malvinas para nosotros. Fackland para los británicos y simplemente «las islas» para James. En los años de la absurda contienda,
James vivía su plena adolescencia. Tenía 13 años y si bien se inclinaba por el dibujo, no soñaba con que esa manera de expresar sus sentimientos sería su forma de vida futura.
Como tantos, no hizo caso a los rumores de invasión. Hasta que se desató la locura.
Siempre se habla del sufrimiento argentino, del dolor británico pero nada se dice de la angustia y la impotencia kelper así como las secuelas con las que se vieron obligados a convivir.
Las imágenes del dolor de los soldados argentinos se depositaron bruscamente en el interior de Peck que se formó artísticamente en Londres, primero en Chelsea School y luego en Falmouth. La vida en la metrópoli inglesa no lo cautivó y regresó a «las islas» para intentar vivir de su arte.
Soledad, desolación, sufrimiento son sensaciones directas que reflejan los cuadros del artista nacido en Puerto Stanley en 1968.
«En mis primeras pinturas reflejaba el dolor de la guerra, pero no pintaba la victoria británica sino el dolor de los soldados argentinos. Me sentí muy identificado con ellos y quise transmitir ese mensaje de soledad y sufrimiento, usar esas imágenes para el mensaje que nunca antes había sido pintado» , describe Peck.

Curar heridas a pinceladas

James -que bajo un buzo gris luce orgulloso una camiseta de Boca Juniors, su club en Argentina, al igual que el de Joshua, su hijo de 9 años- cuenta que ya no pinta tanto sobre la guerra. Fue una etapa clave en su vida artística e interior que le permitió curar heridas, romper el hielo y liberar los fantasmas que compartía con varios ex combatientes argentinos. James tenía varios de esos fantasmas que tal vez se les presentaban guiados por el característico viento de las islas. Su primera maestra de dibujo fue una de las víctimas civiles de la contienda del Atlántico Sur. Ella y dos personas más fallecieron al caer una bomba.

A pinceladas fue dejando ir una a una las imágenes tristes así como las de su comunidad en aquellos años, unas 1500 almas que imprevistamente vieron desfilar a 150.000 soldados.

La «explosión» de James se produjo en 1994, fue entonces cuando todos esos recuerdos comenzaron a salir.
«Siempre dije que no iba a pintar sobre la guerra, pero en el ’94 cambié de idea. Las imágenes tenían que salir. Las primeras eran muy fuertes y oscuras por ejemplo en ‘La última cocina de campo’, donde muestro el sufrimiento de un grupo de soldados argentinos con capuchas, es casi lúgubre…»
En las telas y con óleo, James unió sus recuerdos de infante -la desesperación de toparse con un cuerpo humano mutilado y la desolación de ver a soldados niños pidiendo o robando comida para sobrevivir- con los esqueletos de metal que dejó la guerra.
Años más tarde, el destino lo unió a Miguel Savage, un ex soldado del Regimiento 7º de La Plata (con el triste récord de ser el batallón con más bajas en la contienda), que sin saberlo enfrentó a los hombres guiados por el padre de James durante la guerra quien sirvió como baqueano en los días de furia. Savage y los Peck se reencontaron en enero de este año, cuando Miguel viajó a Malvinas junto a su esposa y sus dos hijos. A Peck y Savage, hoy radicado en Venado Tuerto, los une una amistad que rompe las barreras ideológicas y es una relación «muy honesta y abierta» . Ambos saben la difícil tarea de liberar fantasmas.

«Comencé a pintar retratando las secuelas de la guerra, pero encaro el tema del sufrimiento y la desolación desde una perspectiva que trasciende toda anécdota, toda circunstancia temporal. Pinto desde mi interioridad, las imágenes no son directamente relacionadas con la guerra. Son diría metáforas de mi propia tristeza, aunque la gente toma mis pinturas de manera literal, entiendo que mi trabajo es autobiográfico. Ahora en estos últimos años, la temática bélica está desapareciendo y me dedico más a los paisajes» , cuenta mientras juega incansablemente con un cordón negro atado a su muñeca izquierda.

Los campos de la esperanza
«Ahora mis pinturas no son tan fuertes, hay más luz, hay muchos campos» , cuenta James.
«Me interesa la sensación de soledad y tranquilidad del campo. Son pinturas despojadas» , explica.
Si bien la soledad está siempre en sus mensajes, en los últimos tiempos está teñida de esperanza y seducción, es que brinda la «sensación increíble de soledad en el campo durante el atardecer, cuando el sol está bajando y la tierra apretar tu corazón y tu cabeza» .

Como artista Peck dice que está en permanente cambio. «En realidad mi vida es cambio y eso me hace sentir vivo» , señala. Unido sentimentalmente con una artista plástica argentina, María Abriani, James reparte su tiempo entre Buenos Aires y las islas. A su vez, María es la primera pintora que fue a inspirarse a las islas, donde además de creatividad encontró el amor de James. Mientras muchos argentinos deciden buscar fortuna -o al menos sobrevivir más dignamente- en el exterior, Peck apuesta por Argentina. Principalmente lo atrapó la cordialidad de la sociedad, ese afecto que se repite en «toda América Latina; en Europa son muy estructurados y ése es el mismo clima que se respira en las islas».

Ahora reside parte del año en Buenos Aires y durante la temporada de verano regresa a su tierra en búsqueda de inspiración. Por ahora, puede decir que dejó los trabajos temporarios (el último lo tuvo como chofer de ambulancias) para disfrutar del orgullo de vivir de su arte.

Durante el verano vive de la venta de sus lienzos a los turistas que llegan a las islas. Unas de las escenas más requeridas son aquellas que muestran el cementerio de barcos del siglo pasado que aún puede visitarse en Malvinas. Uno de los más bonitos es el Lady Elizabeth que está encallado cerca de la playa e incluso se puede acceder a los restos.
La idea de dejar las islas para buscar su destino en Argentina no fue fácil ni comprensible para muchos, como tantas veces sucede a los artistas. No obstante su familia apoyó su decisión. También superó la etapa de que sus cuadros fueran vistos como algo exótico. «En las islas tenían dudas si mis cuadros se vendían por mi calidad o porque era isleño y lo que ello representaba. Pero estoy convencido que es por mi calidad ya que tuve éxito en otros lados. Al principio sí es verdad que me sentía algo exótico pero ya se superó esa etapa» , indica James que recibió los premios Shackleton Scholarship Award y Commonwealth Exhibition Award en Londres y de la Fundación Bolsa de Comercio en Argentina.

Más pero menos

Peck dice que la guerra favoreció a los kelper «materialmente» pero les robó la tranquilidad en la que vivían. «Todo cambió mucho, el nivel de vida subió y se siente más protección de Inglaterra, el estándar de vida se quintuplicó, pero antes éramos más felices. Ahora las islas son un auténtico pueblo inglés que crece con la TV. y los turistas que van a ver los pingüinos. Antes estábamos pobres pero más relajados…», explica.

El fin de la guerra, a la vez que aumentó la ayuda británica -dos pruebas elocuentes son el nuevo aeropuerto de Stanley y un gran centro educativo- implicó la llegada de nuevos residentes ingleses y precisamente son ellos, los que recién ahora viven en las islas quienes mantienen vivo el sentimiento antiargentino. Para los kelper, tal como lo grafica James, sigue latente las escenas del sufrimiento argentino.

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El soldado que volvió a Malvinas

La Nación, 3 de febrero de 2000
(+Ver Artículo Original)

A 18 años del fin de la guerra, un ex combatiente regresó a las islas para ver las ruinas de su campamento

Cascos oxidados, ropa militar deshecha, camillas rotas, papeles manuscritos y armas viejas. Todo a cielo abierto y bajo la acción de los intensos vientos que caracterizan la vida en las islas. Ese es el panorama que ofrecen hoy los campos de batalla en Malvinas, a 18 años del fin la guerra.

Hace 19 días cuatro argentinos, uno de ellos un ex combatiente, llegaron hasta el área en la que se desarrollaron los enfrentamientos terrestres en 1982.

«Todo estaba tan igual que no podíamos creer que hubieran pasado ya casi dos décadas desde que terminó la guerra», contó Hugo Apesteguía, director del diario La Opinión, de Pergamino, que llegó por primera vez al archipiélago con un desafío: recorrer las islas de cabo a rabo en bicicleta.

Este grupo de aventureros pudo cumplir su sueño de conocer Malvinas gracias a que el 16 de octubre del año último se reanudaron los vuelos comerciales con las islas.

Para Apesteguía, como para sus compañeros de viaje, Pablo Molina, un profesor de educación física de 27 años, y Fernando Nus, de 35 y granjero, la travesía representó un reto deportivo. Para Miguel Savage, de 37, el desafío fue aún mayor. Este ex combatiente emprendió un viaje de regreso. A una tierra en la que vio morir a varios de sus compañeros y de la que salió -sin saber cómo- con vida.

El regreso del soldado Para Savage, el viaje fue otro. Carpas deshechas, refugios de piedra, cráteres de bombas, cañones todavía en pie. Según cuenta Apesteguía, el reencuentro de este ex soldado con lo que fue su campamento fue una experiencia conmovedora . Los hallazgos a cielo abierto, que para un explorador común podrían ser piezas de un museo de guerra, para Savage fueron fragmentos de una historia que, según dice, todavía esta en el sano proceso de cerrar.

El Monte Longdon , a 10 km de Puerto Argentino y la base militar del Regimiento 7 de Infantería de La Plata, al que perteneció, 18 años después de la guerra era tan sólo un montón de despojos.

«Lo más impactante para todos fue cuando Miguel encontró la pala con la que cavó la trinchera, en la que se escondió y salvó su vida el día en que los ingleses bombardearon su campamento», cuenta Apesteguía.

Después del ataque, vino el repliegue a Puerto Argentino. Tuvieron que huir dejando todas sus pertenencias y con la única misión de salvar sus vidas. Por eso, lo que las bombas no destruyeron, quedó allí, intacto por todo este tiempo. Nadie volvió a buscarlo.

Para Savage, la guerra fueron 60 días en los que soportaron temperaturas de hasta 25 bajo cero , pasaron desnutricion, perdida de 20 kilos y mas…y hasta tomaron agua de los charcos.

Tenía 19 años y estaba en el servicio militar cuando explotó el conflicto bélico en las islas Malvinas. Hoy tiene una medalla de ex combatiente y vive en Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe. Se casó, tuvo dos hijos y puso un comercio de venta de productos siderurgicos

Según cuenta, la historia que lo llevó a la guerra, cuando todavía era un adolescente, no tuvo un fin hasta que pudo regresar a las islas. «Ahora sí terminó la guerra para mí», confesó.

«Encontramos cosas que parecía absurdo que estuvieran ahí después de tanto tiempo. Un horno, una sartén, un libro, una cantimplora», cuenta Apesteguía.

La sorpresa del ex combatiente fue grande. Según dijo, allí estaba la cocina a la que los soldados bajaban a robar comida. «Pasábamos tanta hambre», recordó Savage.

Desde el 15 de enero último, hasta el 22, los viajeros recorrieron ese y otros campos de batalla, siempre a bordo de sus bicicletas. Caminos de ripio, que rara vez transitan los habitantes de las islas.

«Teníamos que andar con cuidado, porque ninguno domina el inglés y hay carteles que alertan sobre la existencia de campos minados, que jamás se desactivaron después de la guerra», relató Apesteguía.

Cuando pasaron frente a unas construcciones subterráneas de piedra, los viajeros le preguntaron si ésos eran sus refugios. «No -les contestó Savage-, eso para nosotros era casi como un hotel cinco estrellas. Nosotros (los soldados) nos refugiábamos en pozos hechos en la tierra. Ahí podíamos pasar días esperando no ser descubiertos y rogando que no nos mataran.»

Preguntas de un sobreviviente El ex soldado volvió a Malvinas para buscar la respuesta a tantas preguntas que la guerra dejó abiertas. «Por qué aquella guerra, por qué se lo considera un sobreviviente, por qué él, que era un chico de 19 años que hacía el servicio militar, hoy debe llevar la impronta de ex combatiente», cuenta Apesteguía.

«Por haber tenido la suerte de no caer en combate, chicos como Miguel hoy no son reconocidos como héroes. Muchos no consiguen trabajo, otros se suicidan. Ese fue el triste legado que dejó la guerra para ellos», agregó con su voz entrecortada.

Después del regreso a Malvinas, algunos cuestionamientos de Miguel Savage se cerraron. Otros, todavía, esperan por una respuesta.

Por ejemplo la irresponsabilidad, la ineptitud y en muchos casos la cobardia de quienes fueron sus superiores

«El servicio militar obligatorio se tendría que haber acabado después de Malvinas, y no después del caso Carrasco, porque allí quedó totalmente demostrado que un ejército en esas condiciones no puede enfrentar ninguna guerra», fue la conclusión que Savage sacó de este viaje plagado de duros recuerdos.

Evangelina Himitian

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