Conferencia de Liderazgo

El objetivo de esta conferencia es hacer foco en los siguientes puntos:

  • La importancia del trabajo en equipo.
  • Cómo manejar la incertidumbre.
  • Cómo actuar ante momentos de crisis, distintos comportamientos ante una situación límite. Las apariencias engañan.
  • El equilibrio entre la razón y la emoción como clave del éxito.
  • La superación depende de uno mismo. ¿Valoramos la vida ?
  • Ser artífice de nuestro propio destino.
  • Resiliencia, cómo transformar una tragedia en algo positivo.
  • La familia, pilar fundamental. La importancia del contacto humano.

2006 Devolviendo el pulover


Extracto del documental: «Con la Mano di Dio» de Umberto Nigri y fotografía Maurizio Carta / SkySports Italia- Road Television – Fox

Diario Clarín. Artículo del 2 de abril de 2007

 

MALVINAS 25 AÑOS DESPUES : HISTORIAS DE LA GUERRA

El viejo pulóver que un soldado argentino devolvió a Malvinas

Miguel Savage fue a la guerra sin saber usar un arma. Quebrado por el frío, tomó un pulóver de una casa cuyos habitantes kelpers no estaban. El año pasado regresó, devolvió la prenda y dejó una carta.

AQUELLOS RECUERDOS. MIGUEL SAVAGE, EN SU CASA DE VENADO TUERTO, RODEADO DE FOTOS FAMILIARES, CUENTA SU EXPERIENCIA COMO SOLDADO EN MALVINAS.

Mauro Aguilar VENADO TUERTO ENVIADO ESPECIAL  rosario@clarin.com

 

La vida de Miguel Savage, clase 62, integrante del Regimiento 7 de Infantería Mecanizada de La Plata, se confundía con el infierno en junio de 1982. Estaba cruzado por el frío que atraviesa el otoño de Malvinas. Con la mirada enturbiada por el hambre capaz de diezmar su cuerpo hasta restarle veinte kilos en apenas dos meses de estadía en las islas, se recuerda en aquel tiempo como un «esqueleto con casco».

A punto de quebrarse, un pulóver, una sencilla prenda arrebatada de una estancia kelper, asegura, logró salvarle la vida, abstraerlo de aquel estado de abandono terminal . Savage, quien hoy habita una bucólica vivienda en Venado Tuerto, en el sur de Santa Fe, y tiene un comercio de materiales para el agro y la construcción, vivió aferrado a esa conmovedora historia y a ese abrigo durante 24 años.

En febrero de 2006 decidió regresarlo a sus dueños, en una más de las postales estremecedoras que ofrece la vida de Savage, protagonista de una película pacifista emitida sólo en Europa —» Con la mano de Dios», en referencia al gol de Diego Maradona en México 86—, amigo entrañable del pintor kelper James Peck y de su padre Terry, contra el que combatió en la cruenta batalla de Monte Longdon, y acérrimo crítico de una aventura bélica que, considera, «nunca debió ocurrir».

Su relato desgarra. El 8 de junio, con un Ejército argentino cercado por el poderío inglés, Savage, junto a cuatro compañeros y un suboficial, iniciaron una caminata hacia una granja cercana al río Murrell. La misión perseguía el objetivo de desactivar una posible base de operaciones por la vía pacífica y, de no ser posible, combatir hasta reducir al enemigo. Soportando fríos extremos, atravesaron una ría y sortearon campos minados. Zafaron incluso del fuego del enemigo, que observaba desde lo alto, pero que optó por no atacar para no delatar su posición.

«Arrancamos apenas aclaró, bien temprano. Debe haber sido el día más frío de Malvinas, con veinte grados bajo cero. Con veinte kilos menos y desesperados, nuestra mente divagaba. No teníamos conciencia del peligro. Ibamos con un compañero que tenía un planito donde habían puesto las minas. Y a cada rato se rascaba la cabeza y decía: ‘no me acuerdo si era por acá o por acá’. Fue una caminata extenuante. Habremos tardado más de cinco horas», reproduce con precisión cinematográfica.

Su inclusión en el grupo, no sabiendo ni siquiera manejar un arma, tenía un solo objetivo: oficiar de traductor a partir de su manejo del inglés.

«Llegamos a la casa y los seis nos tiramos cuerpo a tierra, a mirar con largavista. El miedo era terrible. Había ventanitas en la casa y dijimos: ‘Se rompe una y nos sacuden con una ametralladora’. Sabíamos que había peligro. Ingleses o kelpers que nos podían tirar. Pero era más la desesperación de pensar qué podíamos afanar de comida dentro de la casa, que el miedo. Ese hambre enceguece», explica con tono desolador. «Nos estábamos muriendo. Literalmente nos estábamos muriendo», insiste para darle la dimensión exacta a aquel momento límite.

Esa necesidad lo obligaba a pensar sólo en lo básico, sin registrar incluso la estatura del peligro que los acechaba. Sólo era cuestión de saciar un instinto básico. «Si morimos, morimos, pero primero tenemos que comer», se repetían los integrantes de la misión como intentando darse fuerza entre sí para superar cualquier obstáculo.

Luego de una primera inspección de sus compañeros en los alrededores de la granja, el sargento ordenó a Savage que lo acompañara al interior de la vivienda. Patearon la puerta de la cocina y el soldado irrumpió en la casa gritando en inglés: «Si hay alguien venimos a charlar, no se pongan nerviosos, queremos revisar e irnos». Sus palabras sonaban casi a un ruego para que nadie los atacara.

Al ingresar encontró silencio y un desayuno a medio tomar. «La casa era linda, la sentí acogedora, como la casa de mi abuela. Hasta los olores eran familiares», precisa como si describiera una postal que no se altera con el paso de los años. Subió una escalera con el miedo y la adrenalina apoderándose de su cuerpo. «El corazón me reventaba el pecho. No me paraba de temblar el cuerpo. Me dieron un FAL cargado, pero no sabía ni tirar», explica Savage, a quien el servicio militar sólo había preparado para barrer y cebarle mates a Don Aldo, un jubilado ferroviario encargado del polígono, en La Plata. «Mi preparación era comprarle bofe al gato de Don Aldo», explicaría luego a Clarín entre risas.

Tras comprobar que no había ocupantes en la planta baja de la vivienda, dividió las tareas con su superior. Recorrieron un pasillo en el piso superior y Savage ingresó en el cuarto matrimonial. Lo sorprendió una cama doble perfecta, una dependencia con cortinas y una decoración cuidada que compara con una hostería o una estancia de campo.

Al confirmar que el lugar estaba deshabitado, se relajó. Automáticamente afloró en él un espíritu de supervivencia. Tras abrir «ansiosamente» los cajones, dio con el pulóver salvador. Y cambió su óptica sobre los padecimientos que sufría. «Era un pulóver inglés lindísimo, con borda azul y cruz. Me lo puse en la nariz y sentí el olor a limpio, a perfume, a naftalina. Y dije: ‘Qué lindo, esto es como estar de vuelta en casa’. Me saqué la ropa mojada y me puse ese pulóver y una bufanda, y un gorro, y medias de lana. Ese momento fue mágico», explica emocionado.

El relato no tiene pausas: «Me invadió una sensación de paz, como si estuviera Dios ahí. En ese momento y como un alma que me hablaba, aunque no escuchaba la voz, sentí como que alguien estaba ahí y me decía ‘quedate tranquilo, ya termina esto, te volvés y vas a vivir’. Una sensación increíble. Una enorme sensación de paz, un calor en el cuerpo».

Aquel hallazgo modificó su humor. «Me sentí más fuerte», precisa. Robó comida y se alimentó con desesperación. «Comí tres panes de manteca sola, al hilo, como un perro», añade para dar una idea de la desesperación que atravesaba a aquel grupo de soldados. Del lugar se llevó además cajas de avena, fósforos, velas y azúcar.

Pero no fue lo único que tomó de allí. «Mirá lo que es la mente humana: agarré fotos. Diecinueve años, en ese estado —vuelve a asombrarse—. Yo había sentido esa experiencia trascendental del pulóver y manoteé fotos de la familia. Dije: ‘A este lugar voy a volver algún día y con esta gente voy a hablar’. Desde el instante que entré a la casa tenía esa idea de hacer contacto».

Ese momento llegó en febrero de 2006. Luego de un primer encuentro con Sharon Mulkenbuhr, hija del matrimonio que habitaba la estancia Murrell, en febrero del año pasado visitó el lugar con la intención de cerrar ese capítulo de su historia.

«Cuando iba llegando, el corazón se me salía del pecho. Revivía escenas de aquel día llegando con veinte kilos menos, con el uniforme, con el sargento, con mis compañeros. Se me mezclaba el pasado con el presente», explica compenetrado con el relato.

En la estancia lo recibió Lisa, hermana de Sharon. El pulóver, que por consejo de un amigo se suspendía enmarcado en una pared de su casa, en Venado Tuerto, volvió entonces a manos de sus antiguos dueños junto a una nota de puño y letra en la que Miguel expresaba su agradecimiento. Con lágrimas en los ojos, Lisa reconoció el abrigo de su padre, ya fallecido. «Acá, en esta casa, sentí que alguien me protegió. Y venía a decírselos, veinticuatro años después», le dijo a la muchacha sollozando, mientras se desprendía del preciado objeto.

«Esa casa fue como un salvavidas en el océano para mí. Esa casa y ese pulóver me salvaron la vida», remata con sencillez desgarradora Miguel, ataviado ahora con una remera oscura de algodón, en una cálida tarde de marzo. Lejos del frío, del hambre y de la muerte. Lejos de los horrores de la guerra que cada tanto se adivinan detrás de su mirada cristalina.

Mauro Aguilar

Una carta de agradecimiento

El pulóver descansó en un cuadro hasta el momento de su devolución acompañado por una carta en la que Savage expresaba sus sentimientos sobre aquella experiencia. El texto que entregó junto al abrigo es éste:

«Este pulóver me dio abrigo en un momento de tremenda exposición. La temperatura era de -20 C. Estaba mojado y ya había perdido 17 kilos (pesaba 55 kilos). Lo tomé «prestado» de una estancia en las Malvinas, a cinco horas de caminata desde nuestra posición, cerca de Monte Longdon, habiendo cruzado el río Murrell. Llegamos hasta allí con seis soldados integrantes de un operativo. Yo iba como intérprete. El objetivo era destruir un equipo de radio que transmitía a la flota inglesa.

Afortunadamente no había nadie y pudimos revisar, aunque muy nerviosos, todo el lugar. El sitio era lindísimo, con vista a ondulaciones y entradas del mar. Pensé en lo pacífico del lugar y en lo absurdo de esta guerra. Lo sentí realmente familiar y fue como revisar la cómoda de mi abuela.

También lo usé (estando) como prisionero a bordo del Camberra, tomando el té con la plana mayor de oficiales de la Task Force, que junto con todos los medios británicos me ‘sometieron’ a una verdadera conferencia de prensa, asombrados como dicen en muchos libros de cómo habíamos logrado sobrevivir a semejante rigor climático sin suficiente alimento.

Pensé devolverlo a sus dueños, en mi primer visita a las islas, pero un amigo me convenció de que no lo hiciera. ‘Este pulóver forma más parte de tu historia que la de ellos’, me decía.

En el momento de ponérmelo sentí una enorme paz. Sentí una energía especial, como que alguien de esa casa me decía que volvería con vida, que volvería a casa y que esta guerra que nunca debió ocurrir se estaba terminando».

La guerra en 10 datos

  • El desembarco de fuerzas argentinas en Malvinas se produjo el 2 de abril de 1982.
  • La fuerza terrestre, el Ejército, dispuso de 10.001 hombres.
  • El Ejército británico utilizó desde la salida de sus tropas hasta el fin de la guerra a 10.700 efectivos.
  • El mayor desembarco de soldados ingleses se produjo en la Bahía San Carlos.
  • Los principales enfrentamientos por tierra se registraron en las cercanías de Puerto Argentino y en la zona de Darwin.
  • Los combates más sangrientos por el mayor intercambio de fuego se desarrollaron en la zona de Monte Longdon.
  • Las bajas de cada bando en sus ejércitos (sin contar Armada y Fuerza Aérea) fueron 195 argentinos y 149 británicos.
  • En toda la guerra hubo, además de los muertos, 1.188 heridos argentinos y 777 heridos británicos.
  • Las fuerzas inglesas fueron superiores en pertrechos, armamentos y asistencia logística a sus soldados.
  • La guerra terminó el 14 de junio con la rendición del gobernador argentino Mario Benjamín Menéndez.

La Capital, Rosario: La dura historia de un veterano de Malvinas que conmocionó a los rosarinos

Repercusiones de la Conferencia sobre Liderazgo auspiciada por DonWeb en la ciudad de Rosario, Santa Fe

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

«Yo tendría que estar muerto», dijo Miguel Savage al comenzar a relatar la experiencia que vivió en la guerra de Malvinas. «Eramos soldados no profesionales y fuimos enviados a un enfrentamiento que no debería haber ocurrido», continuó. En 1982 tenía 19 años y estuvo 60 días viviendo en un pozo, congelado, sin alimentación sólida y en medio de una lluvia interminable de bombardeos. Perdió 20 kilos. «Tuvimos tres enemigos: el clima, los ingleses y tristemente nuestros propios jefes», dijo esta semana en Rosario.

Miguel integró el Regimiento 7 de Infantería Mecanizada de La Plata y fue destinado a Malvinas. «No éramos soldados profesionales. Habíamos tenido una sola práctica de tiro en toda nuestra vida. Me dieron un arma que no sabía manejar y a un compañero mío un revolver». Así llegaron a Malvinas en 1982. Y así se enfrentaron a soldados ingleses con seis años de entrenamiento militar.

Cuando se le pregunta qué fue lo que más padeció en la guerra, sin dudar responde: «Hambre». Aseguró que los jefes de su compañía no les dieron de comer nada sólido durante toda la guerra. Los mantenían a caldo. Con temperaturas bajo cero pocos pudieron sobrevivir y algunos se pegaban tiros en los pies para que los evacuaran. En estas circunstancias, reconoce que aprendió lecciones fundamentales que conserva hoy como un tesoro. «Aprendí a valorar las cosas pequeñas de la vida y que lo importante son los afectos, la familia», contó ante un auditorio lleno y conmovido en la charla que dio en el Centro Cultural Fontanarrosa, traído por la empresa Dattatec.

«En medio de la guerra empezó a salir la fortaleza, porque teníamos que tomar decisiones para sobrevivir», acotó. Así comenzaron a trabajar cada día para mantener el pozo donde estaban lo más seco posible, mientras buscaban comida donde se podía y hasta se escapaban y recorrían 10 kilómetros hasta el pueblo para revolver los tachos buscando algo de comida.

«Lo dejamos de hacer rápidamente por el gasto calórico que implicaba y porque conseguíamos pocas cosas a un costo terrible, por los castigos a los que nos sometían». Los estaqueaban como a los animales y a Miguel lo arrodillaron en el suelo y lo sometieron a un simulacro de fusilamiento porque se había robado un picadillo.

Sin embargo, no se dejó vencer. Aprendió a ser humilde, a escuchar y a pedir ser escuchado y sobre todo a valorar la vida con mucha intensidad. «Descubrí que tenía fortalezas que no conocía» reconoce.

Ama apasionadamente la vida y reconoce el regalo que significa. «Un compañero murió de la hipotermia y desnutrición, otros en una caminata pisaron una mina y explotaron…», relata.

Prisionero. Miguel reconoce que uno de los aprendizajes más interesantes sucedió al regreso de la guerra, cuando los ingleses los trasladaron hasta Puerto Madryn y lo llevaron, junto a cientos de soldados, como prisioneros de guerra en el buque Camberra. Durante una semana convivieron con los ingleses, aquellos con quienes días antes se estaban matando.

«Fue increíble, porque como sabía inglés empecé a traducir conversaciones amables entre los ingleses y los argentinos, sobre cómo había sido el otro lado de la guerra. El clima era cordial. No se podía creer que fueran los mismos que días antes nos estaban disparando», contó.

Los ingleses le preguntaban cómo habían sobrevivido sin comer. «Me hice amigo de un soldado inglés llamado Mark Burnett, y hablamos sobre lo absurda que era la guerra. Entendí que el enemigo deja de ser tal cuando uno lo conoce, cuando deja de ser anónimo y pensé que si pusiéramos a convivir jóvenes de países enfrentados nos ahorraríamos muchas guerras y muchas penas», agregó.

Los argentinos llegaron a ese buque desgastados y muy débiles, necesitados de comida y cuidados médicos.

Miguel tapó la historia durante 20 años y no habló. Recién en el 2001, en medio de la crisis del país, asediado por las dificultades económicas explotó y lloró como nunca. «Me di cuenta de que no podía seguir ocultando lo que había vivido y empecé a hablar y a pedir ayuda», contó. Hizo un tratamiento psicológico y escribió un libro que está colgado en internet y se puede bajar en forma gratuita.

En ese camino sanador que había emprendido se dio cuenta de que tenía que volver a Malvinas y en el 2002 lo hizo por primera vez, acompañado de su esposa Andrea y sus hijos Patricio y Margarita, que fueron y son su sostén.

Estuvo con ellos James Peck, un joven kelper con quien recorrió la trinchera y el pozo donde se había escondido. Fue el primer habitante de Malvinas que pidió la ciudadanía argentina.

El papá de James era un baquiano que combatió contra estos soldados argentinos a escasos metros. Con él Miguel recorrió el campo de batalla donde se habían enfrentado y terminaron fundidos en un abrazo y con las boinas intercambiadas.

«Anhelo recuperar la soberanía de Malvinas en forma pacífica y creo que cada uno puede desde su lugar tender puentes y conocer a los que viven en las islas y respetar su cultura. Añoro una Argentina más unida», suspira.

La vuelta. «Cuando volví me encontré con una sociedad aletargada, estresada por la guita, hiperinformada, no escuchándose, no mirándose a los ojos, sin conexión emocional y yo me había conectado con mi propia esencia. Estaba eufórico por seguir con vida, y me ponía el despertador temprano, aunque no tuviera nada que hacer, para disfrutar la vida. Tenía el cuerpo destrozado pero una fortaleza y una alegría de vivir inmensa y todo me emocionaba: el olor a pasto recién cortado, la espumita del mate, el canto de los pájaros, los colores de la tele. La gente me decía que estaba distinto, mejor y es que el sufrimiento me enseñó a madurar y me dio lecciones de las que no se aprenden en ninguna universidad», relató.

Emocionado destacó: «No quiero perder todo lo que aprendí en Malvinas, porque sé que vivo con una gran ventaja y me siento más fuerte por haber pasado por este sufrimiento. Y sé que cada vez que hablo puedo ayudar a alguien y eso me ayuda. El hecho de estar en Rosario adelante de tanta gente me da mucha felicidad», reconoció ante un auditorio que no dudó en levantarse y aplaudir de pie.

Héroes DonWeb

Más de 500 personas aplaudieron de pie al ex combatiente de Malvinas Miguel Savage. Con el fin de recaudar libros para la Escuela Constancio Vigil de Rosario, la firma DonWeb organizó la conferencia en la que se recaudaron más de 800 libros.

(Ver+ Artículo Original)

 

Miguel Savage es un ex combatiente de Malvinas. Después de haber vivido esa experiencia rescata el valor del diálogo, de la familia y de la patria. Hoy recorre el país hablando de las fortalezas humanas y de la necesidad de vivir en paz.

“Tendría que estar muerto”, dijo Miguel Savage al comenzar a relatar la tremenda experiencia que pasó en la guerra de Malvinas. “Eramos soldados no profesionales que fuimos enviados a un enfrentamiento que no debería haber ocurrido”, continuó. Estuvo 60 días viviendo en un pozo congelado, sin alimentación sólida y en medio de lluvia interminable de tiros. Perdió 20 kilos. “Tuvimos 3 enemigos: el clima, los ingleses y tristemente nuestros propios jefes”. Relató una historia muy poco conocida de Malvinas.

Corría el año 1982 cuando Miguel estaba haciendo el servicio militar en La Plata. Con 19 años y una sola práctica de tiro fue enviado a enfrentar a los ingleses en Malvinas.

En esa guerra absurda contra soldados altamente entrenados los argentinos padecieron indeciblemente. Miguel cuenta que el hambre fue uno de los peores sufrimientos. Durante 60 días se alimentó con caldos en un clima de temperaturas bajo cero. Como consecuencia, muchos perdieron la vida y algunos se pegaban tiros en los pies para que los evacuaran.

En estas circunstancias Miguel cuenta que aprendió cuestiones fundamentales que conserva hoy como un tesoro. “Sé que lo importante en la vida no son las cosas materiales sino los afectos y la familia”,

Las adversidades propias de la guerra despertaron la capacidad de sobrevivir. Miguel y sus compañeros cavaron un pozo profundo donde podían protegerse de los tiroteos y cada día tenían que mantenerlo lo más seco posible. Desde ahí recorrían 10 kilómetros hasta el pueblo para revolver los tachos de basura buscando algo de comida. Pero pronto descubrieron que este recorrido les insumía mucho gasto calórico, conseguíamos pocos alimentos y al regresar los sometían a tremendos castigos, como por ejemplo estaquearlos como a animales o someterlos a fusilamientos porque tal vez se habían robado un picadillo para calmar el hambre.

En medio del campo de batalla, sin fuerzas físicas y congelado de frío Miguel aprendió a ser humilde, a escuchar y a pedir ser escuchado y sobre todo a valorar la vida con mucha intensidad. “Descubrí que tenía fortalezas que no conocía” dijo.

Los últimos días de la guerra les ordenaron ir en una patrulla a una casita donde al parecer había una radio que estaba transmitiendo información. Llegaron hasta allí moribundos, mareados por el hambre, desnutridos y en medio de un frío polar que se cobraba la vida de estos jóvenes. Además, en el camino cuatro soldados pisaron una mina y murieron…

Miguel recordó: “Entramos a esa casa con pánico porque no sabíamos si había ingleses adentro. Estaba vacía y sentí un fuerte olor a hogar, algo que hacía mucho no me pasaba y me encontré un pulóver con un olor que me conectó directamente con mi hogar, con mi madre. Sentí que había un mensaje para mí: vas a estar bien, ya falta poco. Me llevé ese pulóver convencido de que algún día se lo devolvería a su dueña.

Cuando terminó la guerra, a los soldados los metieron en un buque inglés como prisioneros. Como Miguel sabía inglés hizo las veces de traductor y allí le sucedió un hecho increíble: trabó amistad con quienes días antes eran los enemigos.

“Fue prodigioso porque ellos empezaron a preguntarnos cómo había sido el otro lado, compartíamos gustos por la música, teníamos la misma edad y ahí aprendí que sería imposible enfrentar a un enemigo si le conociéramos la cara, si hubiéramos convivido con ellos. Habría menos guerras en el mundo si hubiera más diálogo”.

Pasaron 25 años hasta que Miguel pudo volver a Malvinas para cerrar heridas. Y uno de los lugares a donde quiso ir fue a aquella casa donde había encontrado ese pulóver y ese mensaje de aliento. “Encontré a Lisa, la hija del dueño del pulóver y ella me contó que su padre había muerto por el estrés de la guerra, lo mismo que le había sucedido a mi mamá y lloramos juntos”, confesó.

“Uno de los momentos más especiales de mi vida fue cuando volví y me reencontré con mi madre. Me zambullí en sus brazos temblorosos y viví el instante más feliz de mi vida. Ese hecho me acompaña en los momentos duros y en los buenos, es como una Virgen que está conmigo siempre” recordó.

Miguel como tantos otros volvió flaco, con la planta de los pies necrosada por el congelamiento y los dientes flojos. Entró en una euforia tal que lo empujaba a aprovechar al máximo cada instante. “Me ponía el despertador temprano, aunque no tuviera nada que hacer para disfrutar la vida, tenía el cuerpo destrozado pero contaba con una fortaleza y una alegría de vivir inmensa y todo me emocionaba: el olor a pasto recién cortado, el canto de los pájaros, los colores del televisor me parecían emocionantes. Hoy lucha por no perder esa claridad de las cosas importantes de la vida”, subrayó en su charla.

Miguel se casó y tiene dos hijos. Hoy no deja de remarcar lo importante que son ellos para él. Son su motor y su consuelo.

Actualmente Miguel vive en Venado Tuerto y luego de haber trabajado en el rubro siderúrgico hoy es funcionario de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Venado Tuerto y viaja por todo el país compartiendo una lección de vida.

Además escribió el libro “Malvinas, viaje al pasado” donde cuenta toda su historia, y está disponible en el sitio web www.viajemalvinas.com.ar desde donde se puede descargar en forma gratuita.

Miguel Savage: Aprender a vivir por sobrevivir, en Ehow en Español

(Ver+ Artículo Original)

Hace 30 años, en 1982, Inglaterra y Argentina se enfrentaban durante dos meses y medio en una guerra en las Islas Malvinas. Miguel Savage entonces tenía 19 años y cumplía con el Servicio militar obligatorio del país sudamericano -el régimen fue abolido en 1994-. Sin saber siquiera manejar un arma, de la noche a la mañana se vio en un pozo, lejos de casa, en una guerra. Miguel es un sobreviviente que tiene una historia que contar, y en primera persona.

¿Qué te viene a la cabeza de aquel día en el que entraste a la granja kelper?

La hipotermia y la desnutrición. Teníamos seis (soldados) que, por la desesperación, para ser evacuados, se pegaron tiros en los pies. Y cuatro más que murieron por pisar una mina propia (argentina) escapándose para robar comida. En ese marco me mandaron con cinco soldados y un sargento a una casita que estaba del otro lado del río Murrell, la misión era revisar el lugar. Sabíamos que nos estábamos metiendo en las líneas inglesas: ya estaban ahí listos para atacarnos. Pasamos como patos en una laguna llena de cazadores, frente a ellos. No nos tiraron para no revelar su factor sorpresa; me enteré años más tarde.

¿Sabías inglés?

Sí, hablaba inglés de muy chico. Por eso me mandaron, me enviaron de intérprete. La misión era hablar con los isleños, si había la idea era persuadirlos para revisar la casa y si se resistían, combatir. Rodeamos la casa y lo que pensaba era qué me iba a llevar de comida y de abrigo. No en el peligro. Fui el primero en entrar, a los gritos, pedía, en inglés, que si había alguien que por favor saliera. Cuando vi que no había nadie me relajé y empecé a sentir una conexión con el lugar. Empecé a sentir olores que parecían familiares. La vista por la ventana era alucinante, el río que fluía hacia al pueblo, ajeno a la guerra. Pensaba que era el último lugar que imaginaría en medio de una guerra. A la vez estaba desesperado por sacarme la ropa mojada. Me llamó la atención un pulóver inglés lindísimo que encontré en una cómoda. Me lo puse y sentí el olor a limpio, a perfume, a casa. Venía de un pozo maloliente, congelado. Me levantó la dignidad humana. Me saqué la ropa y me puse ese pulóver y me sentí más fuerte. Me alimenté con desesperación: comí dos panes de manteca. Como un perro. Empecé a sentir cosas. Como una presencia, como que había alguien dentro de esa casa que me estaba diciendo “Ya falta poco, Miguel; vas a volver, vas a vivir”. Esto fue el 5 o 6 de junio y el 14 fue la rendición. Tenía la idea de algún día de volver. Mira lo que era: ya estaba proyectando que iba a volver.

Mucha gente huye de las cosas no gratas, tú la recuerdas, la haces presente. ¿Qué ejercicio hay ahí?

Creo que hay tres formas de enfrentar situaciones de gran sufrimiento: tapar todo, victimizarse y hacer como hacen las ostras: abrazan la herida y la transforman en perla.

¿Optas por la tercera?

Sí.

¿Siempre?

No, lo tapé 20 años.

¿Cuál fue el clic, 20 años después?

Wikimedia Commons

La crisis (socioeconómica de Argentina) de 2001. Tenía un negocio que había armado con mucho esfuerzo, estaba muy estresado, perdiendo todo por problemas económicos y ahí tuve mi primera pesadilla de la guerra.

¿Nunca habías soñado con nada de Malvinas?

No hasta entonces.

Comprobadísimo que uno no borra

No, sobre todo con cosas de estrés postraumático, aunque lo instintivo es taparlo. Pero hay que encararlo.

¿Qué soñaste?

Que estaba en el pozo, con los muertos, con bombas que caían y dentro de la pesadilla suena un celular. Era el gerente del banco que me decía “Te cierro la cuenta: tienes demasiados cheques rebotados”. Me desperté gritando y ese día fui a terapia. Después clases de teatro, a correr, curas sanadores, me apoyé en gente generosa. Pero al final me di cuenta que las riendas las tenía yo, el control lo tenía que tener yo, al igual que en el pozo donde se tomaban decisiones para no morirnos.

Hasta 2001 pensabas que tenías el control

Claro, es más: había vuelto a las Islas en 2000 y estaba como agrandado, como “esto a mí no me afectó, yo enfrenté todo”.

¿Cómo diste con Sharon Mulkenbuhr (hija del matrimonio que habitaba la estancia Murrell, la granja kelper a la que entró)?

En mi primer viaje (2000), ella vivía en el pueblo. Fue impresionante el encuentro porque primero ella expresó toda su angustia, estaba todavía enojada con todo y me lo quería decir. La escuché en silencio y después le conté lo que yo sentí. Entendió que mis intenciones eran buenas y terminamos abrazándonos y tomando el té, e intercambiamos direcciones. Le conté que tenía el pulóver pero no lo había llevado en ese primer viaje.

Lo tenías enmarcado

Un amigo lo había hecho, como quien enmarca una camiseta de fútbol.

Pero para tí no era un trofeo…

No, para nada. Era un recordatorio hermoso en un momento crucial de mi vida donde sentí una protección.

En la segunda visita, en 2006 Miguel devolvió el pulóver junto con una nota de agradecimiento. Lo recibió la hermana de Sharon, Lisa.

Miras para atrás, ¿te cuentas la historia diferente a medida que pasa el tiempo?

La historia es básicamente la misma pero le voy encontrando cada vez más mensajes de superación personal. El principal es lo que me pasó al regreso: yo entré en un estado que llamo “la euforia del sobreviviente”. Esos primeros días mi cuerpo estaba desnutrido (había perdido 20 kilos) y en un estado de euforia, de alegría de estar vivo. Me ponía el despertador temprano aunque no tuviera nada que hacer, sólo “para vivir”. Todo me emocionaba. Las cosas simples: la música, las visitas, el olor a pasto recién cortado. ¡Los colores de la tele!

¿Con qué te encontraste cuando empezó a apagarse eso?

Cuando volví hicieron una fiesta en casa. Me preguntaban cosas como si había matado a alguien. Yo quería contar que había aprendido a escuchar, la importancia del contacto humano y la valoración de lo simple. Y me decían “bueno, tienes una vida, ahora mira para adelante”. Me querían proteger, pero yo quería contar. La gente no estaba preparada para escuchar. Entonces… ¿has visto la película “El naúfrago”, cuando vuelve de la isla y le hacen una fiesta? Bueno, exactamente igual, venía como Tom Hanks, en otra frecuencia. Me fui a la cocina y prendí la hornalla. Estaba oscuro. Estaba totalmente lúcido y con una fortaleza increíble. Y me decía a mí mismo “vas a tener que ser fuerte porque ellos no pueden entender la profundidad de lo que viviste”.

¿Tuviste contacto con soldados ingleses en estos años?

Sí, con Terry Peck, el papá de James -James nació en las Islas y es uno de los pocos solicitó la ciudadanía argentina-. El papá combatió contra nosotros, lo conocí en el primer viaje. Fue impresionante. Subimos juntos a los campos de batalla y teníamos algo en común que sólo los veteranos entienden. Mucha gente me pregunta cómo pude abrazarme con el enemigo. Y yo digo que era un ser humano que estuvo en el infierno conmigo. Es intrascendente de qué país era. Hicimos un brindis por los compañeros muertos. Fue decente. NI glorificado ni patriotero: decente. Nos encontramos en un lugar común donde nuestros países se habían enfrentado en una guerra estúpida.

¿Él estaba de acuerdo en que fue una guerra sin sentido?

Totalmente.

¿Hablaron acerca de que ellos eran profesionales y del lado argentino había muchos jóvenes que ni siquiera habían aprendido a disparar un arma?

Sí, él no lo podía creer. La enorme diferencia. Ellos eran soldados de vocación, con mínimo cinco años de preparación. Nosotros éramos civiles recién salidos del colegio secundario, sin vocación. Sin entrenamiento. Y sin comida.

¿Qué cosa no entendiste aún a los 50 años?

El patrioterismo, sigo sin entender a los belicistas de sofá, esos que opinan sobre guerras y construyen relatos históricos cuando no tienen ni idea de lo que se trató. Sigo sin entender a historiadores que dicen que los colimbas argentinos no fuimos víctimas. Y sí lo fuimos, pero decidimos no victimizarnos. No eran muchas las cosas que podíamos hacer, pero nos mantuvimos unidos y trabajamos intensamente para salir vivos de ahí. Cosas simples como dormir abrazados para no morir congelados. Sabíamos que no podíamos depender de nuestros jefes. Teníamos tres enemigos: el clima, los ingleses y nuestros jefes.

¿Qué cosa entendiste a los 50 años?

Partiendo de la euforia esa aprendí que las más importantes de la vida no son cosas. Porque cuando volví vi a la sociedad corriendo detrás de cosas materiales, sin tiempo para escuchar al otro, y a mí fue como si me hubieran tirado un baldazo de agua fría y me hubiesen despertado.

¿Qué significó ese pulóver?

Sentí como estar de vuelta en casa. Sentí como si mi vieja me hubiese puesto un abrigo.

La guerra en primera persona

La Nación, 1 de diciembre de 2012
(+Ver Artículo Original)

blancoynegromummyCuando Miguel Savage volvió de Malvinas, su familia le organizó una fiesta de bienvenida.

«Todo el mundo estaba eufórico, me preguntaban si había matado a alguien, si había visto a los gurkas. Pero yo todavía estaba muy débil, raquítico. En dos meses había perdido veinte kilos. Venía de sobrevivir a uno de los climas más hostiles del planeta, de tener que dormir abrazado a mi compañero Roberto para no morir congelado y estaba como aturdido. El contraste entre todo ese ruido y el silencio del que yo volvía era enorme», recuerda en diálogo con La Nación.

«Entonces -continúa con su relato-, me fui a la cocina, me calenté las manos sobre la hornalla encendida y pensé: «Nadie tiene idea de lo que pasaste. Vas a tener que ser fuerte: vas a estar solo con tu recuerdo por el resto de tu vida»».

Ese recuerdo al que se refería condensaba muchos, demasiados elementos. Entre ellos, la sensación de haber sido traicionado por sus jefes antes y durante el conflicto: «Yo era un conscripto de 19 años que habían mandado a la guerra con un solo día de práctica de tiro, con una carpa cuya lona se desgarró durante la primera tormenta, y que tuvo que atravesar 60 días de alimentación líquida, porque en mi caso no hubo ni pan ni galletitas. Eramos 150 y lo sólido llegaba sólo para 30. Había que hacerlo durar».

Pero el hambre es paciente hasta que un día estalla. Y en su caso, cuando el hambre estalló, tomó el control de sus acciones. Así, cegado por la urgencia, una mañana ingresó en una granja kelper junto a su sargento en busca de una posible base de operaciones enemiga. La granja estaba desocupada y el soldado, una vez efectuada la revisión de rigor, se dedicó a saciar su instinto más urgente. Comió con desesperación y, al huir del lugar, tomó también un abrigo, un típico pulóver inglés que se llevó sin remordimientos. «En ese momento era literalmente un esqueleto con casco. Estaba moribundo. Y en esa casa, al ponerme ese pulóver, fue como volver a vivir», recuerda con emoción.

Savage conservó el pulóver durante más de 20 años. Enmarcado, a la manera de los trofeos o las camisetas de fútbol. «Pero para mí nunca significó un trofeo -aclara-. Para mí era un hermoso recuerdo que en algún momento me salvó la vida.»

En 2006, durante su segundo viaje a Malvinas, decidió devolver la prenda. Su dueño había fallecido, así que lo recibió su hija, junto a una nota manuscrita de agradecimiento: «Este pulóver me dio abrigo en un momento de tremenda exposición -dice en uno de sus pasajes- (…)También lo usé estando como prisionero a bordo del Camberra, tomando el té con la plana mayor de oficiales de la Task Force, que junto con todos los medios británicos me sometieron’ a una verdadera conferencia de prensa, asombrados de cómo habíamos logrado sobrevivir a semejante rigor climático sin suficiente alimento. (…).»

Volver al pasado

Después de su primer viaje a Malvinas, en 2000, Savage descubrió que había, para sus recuerdos, un mejor destino que la soledad que les había imaginado aquella primera noche del regreso, en la cocina de sus padres. Y comenzó a desplegarlos en una página web que se llama «Viaje al pasado»www.viajemalvinas.com.ar ). Allí relata sus vivencias en los tres viajes que hizo a las islas, retrata su amistad con Terry Peck -un ex combatiente enemigo contra el que se enfrentó en la batalla de Monte Longdon- y su hijo James -quien hace un tiempo se convirtió en ciudadano argentino-, y hasta pueden verse los avances de «Con la mano de Dios», un documental pacifista filmado por productores italianos y protagonizado por el propio Savage.

A 30 años del inicio del conflicto, hoy rescata la figura del sobreviviente ex conscripto. «Los ex combatientes éramos una figura incómoda, tanto para la sociedad, que nos asociaba con la dictadura, como para el gobierno militar, consciente de que habíamos sido testigos de sus errores -analiza-. Pero, a diferencia de los profesionales, que volvieron con trabajo, contención, obra social y vivienda, los conscriptos volvimos de la guerra con nada. Y encima, al regreso, tuvimos que soportar amenazas explícitas para que no contáramos nada. De hecho, yo tuve que firmar una declaración jurada que me obligaba a guardar secreto militar.»

Lorena Oliva

TedxRíodelaPlata

Fuí orador en  #TedxRiodelaPlata 2012, cuando se cumplían 30 años de la Guerra de Malvinas. Aquí el video:

 

Ese día, mi charla fue «Trending Topic» en la red social Twitter.

Principales Tweets:

 

 

¿Qué es Ted?

TED es una organización sin fines de lucro cuya misión es difundir ideas que valen la pena. TED comenzó como una conferencia de cuatro días en California en 1984 y ha crecido para apoyar a aquellas ideas que intentan cambiar el mundo por medio de distintas iniciativas.

En los eventos TED, los principales pensadores y hacedores del mundo son invitados a dar la charla de su vida en 18 minutos o menos. Los oradores TED han incluido a Roger Ebert, Sheryl Sandberg, Bill Gates, Elizabeth Gilbert, Benoit Mandelbrot, Philippe Starck, Ngozi Okonjo-Iweala, Brian Greene, Isabel Allende entre muchos otros.

En TED.com, las charlas de los eventos TED son compartidas gratuitamente con todo el mundo. Cada día se publica una una nueva charla. Las charlas son subtituladas en muchos idiomas a través de una red global de voluntarios. Las charlas TED son compartidas a través de redes de distribución como TV, radio, Netflix y numerosos sitios web.

Malvinas, Viaje al pasado

Soy un sobreviviente de la Guerra de Malvinas. Aquí brindo mi testimonio sobre los dramáticos hechos de 1982. Viajé 3 veces a las Islas para poner a los fantasmas a descansar.

Durante 20 años no hablé del tema. Una pesadilla en 2001 es el comienzo de un alucinante camino sanador, que fue poner en palabras el horror.

Creo que hay tres formas de enfrentar situaciones de gran sufrimiento: Tapar todo, victimizarse o abrazar la herida y transformarla en algo positivo. Es por eso que narro con alegría mi historia de vida, compartiendo los aprendizajes y la resiliencia

Malvinas War Crimes / Registro en inglés BBC World Service / Radio

Malvinas War Crimes

Assignment looks at the continuing fallout from a war at the end of the world.

Twenty-seven years ago, Argentina invaded the Falkland Islands. Ten weeks later its largely conscript army had been defeated by a British task force sent to recapture the territory.

The plight of the young soldiers deployed to defend the islands was forgotten after the campaign. Within weeks, Argentina had rid itself of its military rulers and the invasion of the islands it calls the Malvinas, was something of an embarrassment.

But the claims of those young recruits are now being listened to and some of the officers who led the campaign are facing charges of war crimes, committed against their own troops.

Argentina veterans divided over Falklands ‘abuse’ case

Seventy former Argentine army officers are accused of crimes against humanity for the alleged abuse, torture and, in one case, murder of their own troops during the 1982 war with Britain over the Falklands, or Malvinas, Islands. As the BBC’s Angus Crawford reports, the case has divided Argentina’s veteran community.

In 1982, Michael Savage was a student doing his military service, part of a force sent to invade the Falkland islands by the dictatorship then in power in Argentina.

One morning on patrol, his platoon came across a front line position.

«It was the coldest day of the war and, in the white snow, we saw a soldier staked to the ground, he was dying,» he said.

I asked him who was responsible for staking out the young man.

He told me it was his own corporal.

During his time on the island he saw many of the conscripts treated in the same way.

But wait, there’s more!